El Padre NuestroDel alimento al perdón

Annemarie Sauter: Aquí está Nancy Leigh DeMoss hablándonos acerca de la oración.

Nancy Leigh DeMoss: Muchas personas que dicen “perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores”, realmente no se sienten ellos mismos como verdaderos pecadores, culpables que necesitan el perdón de Dios. Pienso que la razón es porque  tendemos a compararnos  con otras personas.

Siempre encontraremos a alguien que parece un peor pecador que nosotros, o quizás  en realidad sea mucho peor que nosotros, en algunos  sentidos, y esto nos deja con un sentimiento de, “Bueno en realidad no soy tan mala como él o como ella”.  

Annemarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss, en la voz de Patricia de Saladín.

Aviva Nuestros Corazones extendió una invitación a sus oyentes a una vida de oración más profunda. Y nos detuvimos bastante tiempo meditando en la frase  “Danos hoy nuestro pan de cada día”.  Hoy Nancy se enfoca en el tema del perdón de Dios.  

Nancy: Nosotras venimos hoy a la segunda de las tres peticiones que contiene el Padre Nuestro relacionada con las necesidades que tenemos.  Recuerden, que las tres primeras peticiones de la primera parte de esta oración fueron sobre la gloria de Dios, Su Reino y Su voluntad.

Ahora estamos viendo las tres peticiones que se relacionan  con nuestras necesidades como hijas de Dios.  El Padre Nuestro dice “Danos hoy nuestro pan de cada día y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.

“Danos hoy nuestro pan”.  Eso se refiere a nuestra hambre física o a nuestras necesidades físicas. “Perdónanos nuestras deudas” esta hace referencia al hambre y a la necesidad de nuestras almas. “Danos hoy nuestro pan”. Esta es nuestra necesidad de provisión.  “Perdónanos nuestras deudas”, esta es nuestra necesidad de perdón, ¿no es este el gran anhelo de todos nuestros corazones, como seres humanos, conocer la paz, el perdón y la liberación de la culpa? ¿Sabías que De eso se tratan las religiones del mundo, de personas desesperadamente buscando el perdón de sus pecados?        

Pero solamente el Evangelio de Jesucristo provee el medio por el cual el hombre caído y pecador puede reconciliarse con Dios.  No hay ninguna otra religión que pueda realmente ofrecer perdón de pecado.  Esta petición en el Padre Nuestro, “Perdónanos nuestras deudas”  es la única que trata con  nuestro problema fundamental, el problema fundamental de todo ser humano que ha vivido en este planeta, y es la   palabra  PECADO.

Es dentro de mi misma en ese YO es donde está radicado este problema del pecado. Y en este pasaje de Mateo capítulo 6 el versículo 12, el pecado se define como una deuda.  Le estamos pidiendo al Señor que perdone nuestro endeudamiento con Él.  

Nuestra tendencia es a pensar en el efecto que  nuestro  pecado tiene sobre nosotras mismas,  y si tiene un inmenso efecto  sobre nosotras; pero en el corazón de esto  está la necesidad de recordar que realmente nuestro pecado es  contra  Dios.  Es contra Él  que nosotras nos endeudamos.  

No le estamos diciendo que nos perdone porque nos hemos hecho daño o porque hemos hecho nuestras vidas miserables o porque hemos hecho nuestras vidas un desastre o aun hemos dañado la vida de otros.  Sino “Perdónanos Señor porque somos Tus deudores”.  Somos responsables delante de Dios.  

Si los pecados que hemos cometido no han sido perdonados, entonces aún permanecemos en deuda con Dios. No debemos tratar con ellos superficialmente o cubrirlos  o ignorarlos, o aun olvidarlos. Debemos lidiar con ellos apropiadamente . Es por eso que Jesús dijo, “Cuando ustedes oren, digan, “Padre nuestro….. perdónanos nuestras deudas” (Mateo 6:9 12 parafraseado).  

Como se trata de experimentar y de recibir el perdón de Dios, se me ocurrió, mientras estuve meditando en este  pasaje que nosotras tenemos la tendencia de caer en dos extremos o dos errores en nuestra perspectiva del pecado.

Algunas están más inclinadas a luchar con uno de estos dos errores. Otras con el otro.  Y si el enemigo no nos hace caer en uno de estos dos extremos, él tratará de hacernos caer en el otro.  Hoy veremos uno de ellos y el segundo en la próxima sesión.    

El primer error es que minimizamos nuestro pecado. “Yo no soy tan mala”. El segundo error es que minimizamos la gracia de Dios. “Dios no puede perdonarme  por lo que he hecho”.

Encuentro que la mayoría de los creyentes con los cuales he hablado tienden más a uno que al otro. Personalmente, yo caigo en la categoría de minimizar mi pecado, pero conozco a otras personas que al considerar su pecado como una ofensa tan grande, tan seria y tan severa contra Dios mismo, se  lamentan por ello y entonces nunca  experimentan  la  libertad  de  la  liberación del perdón de Dios.    

En esta semana estuve hablando con alguien que tiene la tendencia de caer en este error.  Él ha minimizado la gracia de Dios.  

Vamos a ver, que ya sea que tú minimices el pecado, o que tiendas a minimizar la gracia de Dios, en ambos casos la solución para ambas actitudes, es ir a Cristo, la cruz de Cristo, y ya verás por qué lo digo.

“Perdónanos nuestras deudas”.  Quiero hablarles  a aquellas que minimizan el pecado.  Muchas personas que dicen estas palabras —millones de personas que dicen estas palabras —no se sienten verdaderamente ser culpables pecadoras que necesitan el perdón de Dios.

Pero yo pienso que esto probablemente es  porque siempre nos estamos comparando con  los demás.  Siempre encontramos una que parece más pecadora, y tal vez sea más pecadora, en  algún sentido, de lo que somos nosotras; y esto nos deja con un sentimiento de,  “Bueno, realmente  yo  no  soy  tan  mala”.    

Yo creo que la razón por la cual yo entiendo  más  sobre este error —de minimizar el pecado— es porque al yo tener la bendición de haber crecido  en un hogar piadoso, en la iglesia y haber sido  instruida en los caminos de Dios, siendo protegida de incurrir  en  ciertas  conductas pecaminosas , simplemente  por virtud  de haber recibido  una buena crianza.

Algunas de nosotras quienes hemos crecido en la iglesia hemos aprendido a actuar correctamente. Estamos “espiritualmente entrenadas  en el hogar”  y somos particularmente  susceptibles  a  este  esquema  mental.

Me refiero a aquellas de nosotras que honestamente nunca  pensaríamos en  usar  lo profano, ver  pornografía o tener una relación ilícita o practicarnos un aborto.  No  pecaríamos  en  malversar  fondos de nuestro empleador  ni  divorciarnos de nuestro cónyuge.

Ahora, permítanme decirles, que cualquier persona puede caer en cualquier pecado.  Lo que estoy diciendo es que ninguna de nosotras es inmune a estos pecados; pero para algunas de nosotras estas no son las cosas que nos tientan.  Estas no son las cosas que probablemente somos  propensas a hacer.

Comparadas con las que cometen este tipo de “pecados serios,” es muy fácil que sintamos que realmente no somos tan malas.  No lo decimos así, pero a menudo es la manera en la que nos sentimos.

Así  es  que cuando  venimos  a ver,  nuestros  pecados  de:

-Perder el tiempo

-Autoprotegernos

  -Hablar más de lo debido

-Comer o beber  en exceso

    -Tener un espíritu crítico

    - Gastar demasiado

    - Estar atemorizada

    - Preocuparnos

    - Tener  motivaciones  egocéntricas

     -Quejarnos.

. . . Estas cosas no nos  parecen tan graves.

De hecho, quizás en mucho de los casos ni siquiera las  consideramos como algo que pudiera catalogarse como pecado.  Preferimos referirnos a ellas como  debilidades, luchas o rasgos de personalidad, ¿no  es esto un eufemismo?   Decimos, “Estoy luchando con ...”.

Entonces, quizás en muchos de los casos lo que deberíamos decir es “estoy pecando de esto o de lo otro”.  Pero nosotras  lo queremos catalogar  como  una lucha  y  no  como un pecado.

Cuando el orgullo de nuestro corazón nos lleva a minimizar el pecado, cualquiera que sea el pecado definido, lo que sucede es que venimos a Dios entonces, para orarle y para adorarle o servirle, sin un verdadero espíritu de quebrantamiento y de penitencia.

No somos como el publicano  contrito de  corazón quien vino al templo a orar y no podía siquiera elevar sus ojos al cielo, sino golpeaba su pecho y decía, “Oh Dios, por favor, ten misericordia de mí, un  pecador” [Lucas 18:13 parafraseado].

No es esa la actitud cuando nos acercamos a Dios para orarle.  Nos imaginamos  el  porqué  otras  pueden  tener  esa  actitud, pero no es la nuestra.  Al acercarnos  con  orgullo, sin quebrantamiento y sin  un corazón penitente, cuando oramos “Perdónanos nuestra ofensas” estamos usando vanas repeticiones—palabras mecánicas y  sin sentido.  Bueno, quizás las sintamos un poquito, pero no estamos sintiendo el  peso  y  la convicción del pecado que hemos minimizado.

El apóstol Juan dice en 1era de Juan capítulo 1 en el versículo 8.  “Si decimos que no tenemos  pecado……”ahora, la mayoría no diría “yo no peco”, pero si no estamos conscientes de los pecados de nuestras vidas, mentimos:….nos  engañamos a nosotras mismas”.

“Pero si confesamos nuestros pecados……” si los traemos a la luz-—si oramos El Padre Nuestro y de verdad lo sentimos, (“Perdónanos nuestras deudas”)…. {Dios} es fiel y justo para  perdonar  nuestros  pecados  y  limpiarnos de toda maldad (vs. 9).    

De modo que esta petición implica que lo reconocemos. Es una confesión de que hemos pecado.  Yo estoy diciendo.  “Señor, Yo sé que he pecado”. Cómo puedo yo pedirle “Perdónanos nuestras deudas”  si no creo que tenga ningún  pecado que confesar.

Es  reconocer, es confesar: “Yo he pecado”.  Nosotras somos deudoras a Dios. No podemos pagar por nuestro pecado.  Es admitir abiertamente que somos culpables. Nosotras aceptamos la responsabilidad.  No le echamos la culpa a otro. Es simplemente decir, “Yo he pecado”.   

El problema es, que hasta tanto nosotras experimentemos convicción de pecado y convicción por nuestras malas actuaciones, nosotras probablemente no sentiremos ninguna necesidad tan grande como para orar  pidiendo  perdón.  

Así es que mientras tratamos de apropiarnos personalmente de esta  frase, particularmente para aquellas de nosotras que quizás pensamos  que nuestros pecados no son tan malos como otros pecados, debemos hacernos preguntas como  esta: “¿Me veo yo como una pecadora, profundamente endeudada con Dios y en una necesidad  desesperada  de  Su  perdón?”.

¿Te acercas en oración a tu Padre celestial con un corazón  complacido contigo misma, o vienes ante  Él con un espíritu penitente? ¿Eres sensible al pecado en tu vida?

No estoy sugiriendo ser introspectivamente morbosa.  Yo conozco personas que tienden hacia esa dirección,  y tú necesitas entonces oír la próxima  sesión donde hablaremos  acerca  de  minimizar  la  gracia  de  Dios.

Alguna de ustedes no piensan pasarle por alto al pecado.  De hecho  siempre  siempre sienten  convicción,  incluso  de  algunas cosas que ni siquiera  son  pecados.

Pero les hablo a aquellas de nosotras que podemos estar cómodamente día tras día o quizás jamás, o por largos periodos de tiempo,  sin  tener un verdadero quebrantamiento de corazón  delante de Dios por nuestros pecados.

¿Cuándo fue la última vez que experimentaste una profunda convicción y quebrantamiento sincero sobre tu pecado?   ¿Han transcurrido días? ¿Semanas?  ¿Meses?  Permíteme ser todavía más específica.  Si te he de preguntar, ¿“Cómo pecaste la semana  pasada?” ¿Te sería difícil  pensar en una respuesta?

Alguna de ustedes podrán hacer una larga lista, y por  eso es que quiero que regresen a oír la próxima  sesión sobre  cómo no debemos minimizar la gracia de Dios.  Pero, algunas de nosotras honestamente temo que  tengamos que detenernos y preguntarnos, “¿Cómo  he  pecado?”.

Alguna de ustedes me pueden decir, “¡Yo no me imagino eso!”. Bueno,qué bueno, porque  entonces  estoy  hablándole  aquellas  que tendrían que rebuscar para hacer su lista.

¿Cuándo fue la  última  vez que confesaste un pecado específico a Dios y le pediste que perdonara tus deudas?  No hablo solamente de la última vez que sentiste convicción.

¿Cuándo fue la última vez que la convicción se convirtió en una oración penitente una oración pidiendo perdón?

Uno de los puritanos nos recuerda, “Ningún pecado es pequeño. Ningún grano de arena es pequeño en el mecanismo de un reloj”. Lo que esto quiere decir es que todo es importante. Es significativo cuando es en contra de la santidad de Dios.

Si solo pudiéramos vernos a nosotras y a nuestro pecado como Dios los ve. Nos daríamos cuenta de que cada pecado es algo grande, que cada pecado es un acto de rebelión y una traición cósmica  en contra  del  Dios   y  del  Rey  del universo.

Cada vez que escojo mi  manera de hacer las cosas en lugar de la manera de Dios—Quizás no levante mi puño hacia Dios,  pero el  hecho de simplemente decirle SI a mi carne y NO a la guía  del Espíritu en mi corazón,  es  rebelión  en contra de ese Rey, al cual yo acabo de decirle de pedirle  “Venga Tu Reino”.

Así es que el pecado si es algo importante.  Es por eso que debemos pedir por una profunda y verdadera convicción de pecado. Y es por eso que debemos orar por convicción de pecado.   

Tengo que decirles que no se ve mucho de esto  hoy en el Cristianismo occidental.  No vemos mucho de esto en nuestras iglesias, y particularmente les quiero decir que yo no veo lo suficiente de  eso,  en  mi  propio  corazón.

Y no estoy hablando de que todo el tiempo nos estemos arrastrando delante de la presencia de Dios.  Hay un gozo para aquellos cuyos pecados han sido perdonados, pero ¿sabes qué?  La persona que nunca ha experimentado una profunda e intensa convicción de pecado no ha experimentado el éxtasis que David experimentó luego de  confesar  su pecado  y  de que sus pecados fueron   perdonados.

No puedes experimentar el gozo, la libertad  y el deleite que David sintió cuando él dijo, “Bienaventurado el hombre a  quien sus pecados le han sido perdonados”. ( Sal, 32:1 parafraseado), si nunca has venido al lugar donde estés bajo la profunda,  convicción  del Espíritu Santo de Dios, examinándote el alma,  sintiendo  la mano pesada de Dios sobre ti,  sabiendo que eres una gran pecadora necesitando  el  perdón de Dios.   

Esa es una de las verdaderas marcas de una verdadera hija de Dios—una convicción profunda y penetrante de pecado.  Esa es una de las marcas de un verdadero avivamiento.  Siempre que oyes de avivamientos escuchas sobre la mano pesada  de Dios que escudriña el alma, que humilla los corazones, que convence de pecado. Yo leí sobre un avivamiento en el 1814 en Inglaterra. Donde hablaron de ese dolor penitencial de hombres y mujeres en gran angustia por sus pecados.

¿Dónde está el Espíritu de Dios escudriñando el  corazón y dándonos convicción?   A medida que estudio este pasaje me doy cuenta de lo poco que yo oro esta parte del Padre Nuestro, pocas veces digo, “Perdónanos nuestras deudas. Señor  yo  he pecado. Perdóname”.

Eso me llevó a darme cuenta—y estoy siendo honesta aquí—que en muchas ocasiones  yo no  me veo como una gran pecadora necesitando el perdón de Dios.  Honestamente, tengo una gran dificultad relacionándome con el apóstol  Pablo quien dice de sí mismo, que él era el más grande de los pecadores. Creo  que  Pablo  fue honesto con lo que dijo.  Yo  puedo ser piadosa y decir lo mismo, pero no es algo que siento profundamente.  Tú dices,  bueno es que Pablo mató a cristianos. Pero cuando Pablo dijo esto,  él se encontraba  en  ese momento  específico  en una posición de madurez  espiritual y dice de sí mismo estas palabras,  “Me considero ser el mayor de los pecadores”.

Así que en la medida que estudio este pasaje, le he estado pidiendo a Dios que me haga más sensible a mi propio pecado  y me ayude a verlo como Él lo ve, y que me dé un sentido mayor de lo que implica lo que la  Palabra de Dios llama “esa excesiva pecaminosidad del  pecado”.

Le he estado pidiendo a Dios que me dé un corazón penitente, y  que me ayude a darme cuenta de lo grande que es mi pecado y  de pedirle a Él Su perdón,  no minimizando  mi pecado.

Como dije hace algunos momentos, ya sea que tiendas a minimizar tu pecado o que tiendas a minimizar la gracia de Dios, la cura de  ambos males  es ir a  Cristo—obtener una visión fresca de Cristo e ir a la cruz  y ver en ella la  etiqueta  con el   precio de nuestro pecado.

No hace mucho tiempo en nuestra iglesia  tuvimos la cena del Señor. Vinimos todos a la mesa de comunión. Estoy muy agradecida por esos momentos porque es siempre un buen momento para que el corazón sea recalibrado y poder refrescar  en mi mente a  Cristo y Su cruz.

Este servicio de comunión de Santa Cena,  sucedió después de haber  estado yo en el proceso de estudio de este pasaje y de estar pidiéndole a Dios que refrescara mi conciencia acerca de la necesidad que tengo de Su perdón y de Su gracia.  ¡Qué momento más precioso fue ese!

El Señor usó ese culto de santa cena  como un medio de gracia para mi propio corazón.  Ya sabes cómo se lleva a cabo—quizás lo hagan un  poco diferente en tu iglesia, pero en nuestra iglesia se observa de una manera  bastante  tradicional.

Los  ancianos y el pastor  pasan el pan y yo tomo mi pedazo de pan y lo sostengo en mi mano, espero hasta que todos hayan sido servidos.  Mientras otros están siendo servidos, nosotros  cantamos como congregación  algunas  canciones que reflejan la obra de Cristo, la obra de Su cruz.  Canciones que nos hacen reflexionar sobre el significado del pan.  Es el cuerpo de Cristo partido por nosotros.

Nosotros cantamos esa canción de  D.A. Carson, que dice, “Yo estoy avergonzada; Oh, Señor, Perdóname”. Las estrofas de ese himno hablan de las diversas maneras en que hemos pecado contra Dios.

Lo cantamos como una confesión y entonces el coro decía una y otra vez, “Avergonzada estoy; Oh Señor perdoname”2. Recordándome que es mi pecado, tu pecado,  lo que envió a Cristo a  Su cruz.

A medida que cantábamos, Dios  imprimió en mi corazón un sentido renovado del peso de mis pecados en contra de Él, y me encontré no solo cantando vanas repeticiones, sino realmente clamándole al Señor y diciendo, “Estoy avergonzada, oh Señor, perdóname”.  

Pero sabes, nuestra canción no terminó allí.  Seguimos cantando, “Maravilloso, misericordioso, precioso redentor y amigo”, transfiriendo el foco del peso y la culpa de nuestro pecado a Cristo—maravilloso y misericordioso Salvador.

¿Sabes qué?  Yo he cantado muchas veces ese himno, pero no recuerdo  alguna vez que haya sido más precioso para mí que cuando Dios cargó mi corazón con tal convicción de mi pecado.

Ante la excesiva pecaminosidad del pecado, Cristo viene a ser un precioso  Redentor  y  Amigo;  un Salvador maravilloso y misericordioso.

Eres Aquél que alabamos. Eres Aquél que  adoramos.  Dándonos  gracia que  sana  [Y eso es lo que yo necesito] hambriento  de esa gracia  estoy. 3

Luego que cantamos este himno, fuimos invitados a tomar el pan. Y a medida que nosotros  masticamos ese pedazo de pan ahí estaba  ese  sentido del cuerpo de Cristo partido por mí, partido por mi pecado, por  nuestro pecado.

Entonces pasaron el jugo, el jugo de uva, representativo de la sangre de Cristo. Y a medida que lo pasábamos, cantábamos el coro que quizás no sea muy familiar para ustedes,

Oh al  ver el dolor que en Su faz mostró. Cargando el peso de mi mal.  Toda corrupción, Todo mal pensar,  Tú los clavaste allí.   El poder de la cruz. Pecado Él se hizo por mí, ira y culpa cargó, soy perdonado en la cruz.  

A medida de que cantábamos ese coro una y otra vez, me encontré gimiendo en la presencia de Dios y diciendo, “Oh Señor, perdónanos nuestras deudas.  Perdóname mis deudas.  Pero gracias por el poder de la cruz, porque Tú te hiciste  pecado por nosotros.  Tú tomaste la culpa; Tú cargaste la ira—nosotros—yo—nosotros, esta congregación de pecadores perdonados, aquí estamos declarados perdonados en  Tu  cruz”.      

Oh, que precioso es el raudal  que  limpia todo mal. No hay otro manantial,  Sólo de Jesús la sangre.

Así es que en la medida en que oramos, “Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”,    hay aquí una invitación hay una apelación a orar esa versión en el Antiguo Testamento del Padre Nuestro:

Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno” (Sal 139:23-24)

¿Y cuál es ese camino? Ese camino es Cristo.  Es Cristo—maravilloso, misericordioso Salvador. ¿Lo amas? ¿Estás agradecida por Su perdón?

Annemarie: Los eventos de los años pasados nos han demostrado, qué tan devastadora  puede ser la  deuda.  Nancy Leigh DeMoss  nos ha estado recordando  a cada una de nosotras qué tan profunda ha sido la deuda de nuestros pecados.   Y nos ha mostrado qué tan increíble  es recibir perdón de esa deuda.

El concepto de culpa no es muy popular.  Los adultos se someten a consejería por ese motivo.  Los padres tratan de que sus hijos no la tengan. Pero el sentido de culpabilidad puede ser realmente beneficioso.

Nancy nos hablará de la libertad que viene cuando somos honestas  con relación a  la  culpa.

El lunes, Nancy nos hablará acerca de la libertad que viene de ser  honestas acerca de nuestra culpa.


Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

1Jeremy Taylor (Puritan).
2“I Am Ashamed,” Lyrics by D. A. Carson. Music by Ian Brown. Copyright © 1999, Christway Media, Inc.
3“Wonderful, Merciful Savior,” Dawn Rogers and Eric Wyse. Copyright © 1989 Word Music.
4“Power of the Cross,” Keith Getty and Stuart Townend. Copyright © 2005 Thankyou Music.
5“Nothing But the Blood,” Robert Lowry and Howard Doane, 1876.

 

 

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